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Ernesto Lumbreras
(México, 1966)

Amarissimo brivido funebre davanti all’incendio sordo lunare.
                Dino Campana

(cerco de alcoba)

Contemplemos un enfermo. Mitad desasosiego entre mangles. Mitad conjuro entre nieblas. Observemos su temblor de escarcha. Su entraña de árbol que arde. Sorprendámoslo en su llanto de cerdo. Este casto coronel supura lotos. Su memoria es sangre en belfos. Disimulemos el aguacero nocturno en su gloria, la aparición de hormigas en su voz muerta.

- Para mí es una larva:
  Conmoción, herrumbre, vapor.

- Lo veo como un tizón en al agua.
  Su oratorio es cisma.
  Su corazón ostenta abedules.
  En su dehesa duerme un tejón.

            Para su fiebre un arroyo trae el alba. Habrá que pensar en santos óleos, entumida su alma en un bosque nevado. Esperemos la ventisca del huérfano, la damajuana de la viuda. Entre la noche que cierne el verbo encontraremos sus ojos: un flujo de alcohol asediado por luciérnagas.

(voces de ánimas)

En un sauce alumbrado descanso mi corazón.

*
Para el ladrón de nidos, en un manglar impensable, reservo la palabra escalofrío.

*
Aquí es común soñar el sol en la nieve o dejarse comer por libélulas.

*
Pienso en un perro de aguas husmeando las constelaciones.

*
Un caballo remonta los lobos ocultos en una hoguera. Yo derribo un árbol. Lo escucho caer cantando.

(oremus)

Bufan las aguas espumosas. Tu tránsito elude amonestaciones. Tu auto sacramental fluye en nuestras voces. Allá vas viejo  botijón procurando un guiño de alcohol en nuestra duelo. Quisimos decirte tantas cosas. Quisimos mostrarte la desembocadura del río: la malaria, el limo, los lagartos. Beber agua salada y resucitar un poco. Qué fácil hubiera sido, hacer brecha donde el fulgor nos llamara.
Pero no. Dormir sin oirnos sedujo tu linfa. Allá vas con tu memoria en busca de un páramo. Nuestro dolor lo llamaste acoso de pólvora, música de cascos. Ruega en la divinidad de tus secreciones, la aparición de un tordo escarlata.

(polvo copular)

            Poseo una muchacha
            con modales de escorpión.
            Tramo para su coño
            un ritornelo de alfanjes.
           
            Ufano de penetrar
            la hoguera donde sueña
            un león muerto,
            saturo a la joven
            con la luz de una piedra
            rodeada de agua.

(escritura de carbón)

Lo que escribo se parece al hecho de romper una piedra de carbón. Claro, entre una multitud de variantes quiero lo legible del golpe de mazo sobre ese mineral. Duro como la coz de un caballo sobre un fantasma. Transparente como la mordedura de un perro de aguas en mis genitales. No sé si mi escritura está en el sentido de la noche sin márgenes. Tampoco puedo afirmar que esta lámpara de carburo (camino entre un espeso sueño) me conduzca hacia la desembocadura de un río. No es que hubiese propósito alguno desde la primer línea  de esta página. Tal vez un poco de ceguera, colinas peladas por la sequía, nidos abandonados. Ahora avanzo y alumbro los ojos de los animales. Quizás el movimiento de mis signos no tenga una progresión. Cegar una liebre en un pedregal tampoco la tiene. Ni siquiera partir una piedra de carbón y colocar sus fragmentos en el interior de esta linterna marca un destino.   Escribo frases rápidas con temor de haber vivido poco. Sé que me engaño. Lo inútil de la memoria en mi caso reside en su paraíso artificial. Es un orgullo vacío imaginar el pasado como un sobreviviente a quien celebramos  en los días inmediatos a los de su hazaña.  ¿Tendrá la realidad escrita una mejor vida que la que nos confiesa vivir? ¡Ah!, no lo sé, porque de golpe siento un estupor salino en mis pulmones.  Recuerdo que de niño miré desde una montaña el delta de un río. Aquello se parecía a una mano recojiendo caracolas en la playa.En este momento escucho un fluir y un respirar de agua. Escribo en mi mente:
                        Un fulgor para el ojo del fantasma  
                        hay en la piedra de carbón.
                        Algo de mí se muere ahora que sueño.

(costumbres de muerto)

    Los amores o el oro
    queman mi corazón
    cuando oigo nacer el agua.
    No me diré pobre
    porque la oración en mi jardín
    es siempre una boda de niños.

    Hablo de las ilusiones
    que una miga de pan
    guarda para mi cielo.
    Abandonarme es difícil.
    Cuando la noche
    prolongue su camino de sal
    en mi lengua
    tendrá para mi vasto sueño
    un león en el mar.

(viático del desahuciado)

Una rodaja de limón en su glande,  un quisquilleo de uña de gato sobre su ánima de bugambilia. Precipitemos la aturdida monja del yodo, el  cultivo de larvas en el ano de un serafín. 
A la familia, obliguémosla a macerar su médula en epifanías de bombillas, en el elogio de la morfina, en el relámpago como si se hablara de un santuario. ¡Alertemos las vergüenzas públicas! Si una bulla de flemas inunda su santoral,  la vigilia  transcurre en bocas de noria, y no prestará oído a lo que sin reclamos ilumina un árbol en la noche. No se diga grumos de sangre en el orinal o vapores en la voz de los loros, porque si son ciertos, su legión tilda en el fango una caballería.
Habrá de caer o retornar. Su boca aspira la noche reunida en una palabra. Sus dedos auguran un silbo de alfiler. Un goterón agrio de órgano enhiesto alumbra el abismo de su oración.

(novenario y metamorfosis)

Húmedo el polen de tus nueve días, con el sol en los ojos bendecimos una porción de tu sombra. Detenido en la piedra de nuestra amistad, mañana no estarás aquí. Para el flujo de tus apariciones, nuestro jardín conservará durante la noche una luciérnaga.

(veintisiete árboles amarillos)

-Es un respiro la vida

                                    Tal vez hay algo de cierto.
                                    La vida tiene mucho aire,
                                    Le sobra el aire. Los muertos
                                    En cambio bajo la tierra
                                    Escuchan allá a lo lejos
                                    El lento andar de una pompa
                                    De jabón. La vida es miedo
                                    De hallar el alma sin música.
                                    Yo lo sé. En el aire nuestro
                                    Pasa la muerte cantando.

Abedul o chopo blanco, el que mueve sus follajes soy yo. Dormí en el verano lo suficiente para inventarme una nueva vida. Aquí estoy, me sobra el aire, tengo preguntas duras, sueño armadillos. Quiera Dios quererme porque mi carne es también mi alimento. He venido desde otra noche, no sé cómo se llama una lámpara encendida en un pesebre. Per me siento como en casa, a mis anchas. Revuelvo las estaciones con mis vivos, con mi boca de contar la agonía del amor pongo nombre a los caballos que pastan en estas llanuras magentas.

(senda de cimarrón)

Hasta donde alcance tu vista ¾la tuya lector de paso¾ es mío, se lo he comprado al diablo por una gallina ciega. Si llegaste aquí por tu propio pie, por este sendero de cimarrones, sabes poco de ti mismo. Llegar no significa estar aquí. Arribar a esta colina de brezo se confunde con secar un manantial. Óyeme pues con tu oído de oír lejos. Vamos. alégrate, ése que dices ser tú, también soy yo un poco, con algunos canarios tal vez de más. Juntos hacemos las palabras, el acto de callar, el desierto de la virgen. Lo que quiero decir no tiene comas: mi emoción es un ojo que duerme. Por eso sé que tus hijos persiguen una burbuja de jabón en el cementerio.

 

(De Encaminador de almas).

 

 

 

 

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