Enzia Verduchi
(México, 1967)

 

RADIO DE ONDA CORTA

 

A oscuras mi padre sintonizaba la radio:
una pelea de box en japonés,
la crónica de un atentado en italiano
o la caída de un avión en ruso.
Aunque los periódicos al día siguiente
desmintieran sus versiones, él se entendía
con la frecuencia y la estática.
Fiel receptor de hechos incomprendidos
a lo largo del cuadrante, insomne
en las ondas de alguna estación.
Mientras, junto a él, mi madre
soñaba encontrar un interlocutor.

 

GEOGRAFÍA FAMILIAR

 

La familia sólo coincide en bodas o entierros,
los parientes se reparten estrechos abrazos,
retoman una conversación nunca concluida:
las mismas preguntas, las mismas respuestas;
como si el domingo hubieran compartido la mesa
o el miércoles se prestaran el hilo dental.
Nos hemos convertido en una tribu aburrida
que se escandaliza cuando alguno
decide ser alpinista o bailarina de cabaret.
Pero siempre tenemos presente a nuestros muertos,
aquellos que no harán las mismas preguntas, quizá
porque no tendremos que dar las mismas respuestas.

 

DUDAS DEL ASTRONAUTA

 

todo regreso es imán
de la posición de equilibrio.

 

José Carlos Becerra

 

Desde el balcón del universo
el astronauta acaricia en la pantalla su virtual Oklahoma.
¿Qué hace un vaquero en la exosfera
exhibiendo sus debilidades y virtudes
por circuito cerrado en Cabo Cañaveral?
No es tiempo de ermitaños en busca
de la dentadura postiza
entre la presión y el volumen;
ni de héroes en misiones orbitales que no logran
un cuarto de página en los periódicos.
Es cierto, el mundo es breve,
pero este pequeño paso para el hombre
no parece un gran paso para la humanidad.

 

FIUMICCINO
(1974)

 

Sobrentendido es no hablar de aquel diciembre,
mencionar siquiera el tintineo de los cubiertos
y los cuentos para niños hartos en el avión.
Nadie puede olvidar en un trazo de crayola,
por colorido que sea, a quienes sirvieron el ambigú
ignorantes de que sería su última cena.
¿Qué hacíamos ahí, compartiendo
la bitácora con los fanáticos de la fe?
¿Se liberó la historia aquella tarde
a golpe de gritos y metralleta?
¡Qué fácil fue reventarnos como bolas de billar!
Lo sé, sobrevivimos entre los dedos del error
sin entender la pesadilla.

 

PALABRAS PARA UN DÍA DE CAMPO

 

Para Coral Bracho

 

No conocimos la experiencia de un mantel
a cuadros sobre la hierba, no presenciamos
la huida de un sombrero de paja con el viento.
Quizás segar el campo hubiera sido útil
como importante es para las mujeres
lavar la ropa juntas, contarse anécdotas
que jamás sucedieron.
No existió tiempo, el necesario,
para la contemplación.
Demasiados acres nos alejaron
de la ilusión posible, del paso
de la hormiga por la pierna.

 

PIETRALUNGA

 

Para  María Volpi

 

Regresaste, María, a la tierra cansada
que aún engendra la semilla de anís:
Pietralunga del terco dialecto.

 

Las mujeres manchan sus dedos en el aroma
de las almendras, detienen la vista
ante la colina preciada por su reserva de caza.

 

Regresaste para olvidar la sombra inútil
de un avión, tender al sol sábanas blancas
como hermosas banderas.

 

Umbria es el ciprés camino a Gubbio,
son los hombres que fuman en la plaza,
nombres ocultos bajo piedras:
Pietralunga son tus manos entre un nido de águilas

 

MAR DE IRLANDA

 

Para  Mauro Bozeto
y Marino Zeppa

 

Las piernas sostenían el galope de animal
luchando contra el aire:
corre, corre, muchacha.
Tanto mar para una isla,
laderas por recorrer,
tanto cielo sobre la bruma.
Desde Dun Laoghaire
se escucha ese golpe de agua
y se desborda el índigo en las landas
de la península de Dingle:
corre, corre, muchacha.
Amigos, jóvenes desbocados,
gritaba: “¡No seré la última en llegar!”.
De lodo y viento fue su alegría
en el linde de los acantilados de Moher;
era el mar en los ojos, Dios en la tierra.

 

EL REGRESO DE ROBINSON CRUSOE

 

Para Jorge Esquinca

 

En un archipiélago del océano pacífico
existen paquetes turísticos con tu nombre,
paraíso para jugar al golf o al tenis,
para iniciar a los recién casados:
villas Dafoe, comedor Viernes, curiosidades Crusoe.
Ahora sólo eres más viejo, Robinson,
no tienes que enseñar hablar a nadie;
todos hablan por ti aunque no se entiendan.
La única isla que nos resta es el automóvil,
esa burbuja que se desplaza por las autopistas,
por el tiempo sin ser hostigados,
cuando el pensamiento fluye al subir la ventanilla
y poner el seguro.

 

SEÑORA LEXOTAN

 

Qué son seis miligramos
tres veces al día si con ello
se pueden anestesiar los sentimientos,
si controla la ansiedad del todo.
No ríes, no lloras, no percibes
ni el principio ni el fin del mundo.
Basta con abrir la boca:
el ama de casa no es indecisa
ante la gama del supermercado;
los adúlteros no discuten
la orfandad en el tálamo;
nada agrede al taxista
sólo el alto que obliga el rojo.
Señora Lexotan, con usted
no hay cabeza qué perder.

 

CIEGO EN PLAZA DE TOROS

 

A la memoria de Alberto Acuña E.

 

Un paso adelante, y puede morir el hombre;
un paso atrás y puede morir el arte.
José Alameda

 

Porque la tarde apenas nacía
en el reflejo de tus lentes oscuros,
la barbilla reposada en las manos
y las manos aferradas al báculo.
Invidente ante la acción de la liturgia
pero atento del rito y el sacrificio
de la lidia en la arena.

 

Porque a través de mis palabras imaginaste
todo tipo de suertes que la muleta y la espada
ofrecen -desde la suelta del toril hasta el arrastre-
cuando están empuñadas con arte.

 

Y entre jirones de humo
recordabas colores inventados
por la luz en el caudal del Mississippi,
la marea lenta bajo el sol de siete mares,
la voracidad del relámpago en el horizonte.

 

Barbaján y siervo del mito que te acompañaba,
sabías que no es lo mismo ver el toro desde la barrera:
la agonía del escualo quebrado por el arpón,
o el nombre del hijo muerto bordado en los labios.

 

Abuelo, la sangre agraz hizo de ti
un rostro adusto bajo el ala del sombrero;
porque tu vida fue como la vida:
partiste plaza dando palos de ciego.

 

(De El bosque de la hormiga).

 

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